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VICENTE VERDÚ


Vicente Verdú escribe en el diario El País, del que ha sido Jefe de Opinión y Jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la sociedad española (en coautoría con Alejandra Ferrándiz. Taurus), El fútbol, mitos, ritos y símbolos (Alianza), El éxito y el fracaso (Taurus), Nuevos amores, nuevas familias (Tusquets), China superstar (Aguilar), Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama ha publicado Si Usted no hace regalos le asesinarán, los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988), El planeta americano (Premio Anagrama de Ensayo 1996), El estilo del mundo y La vida en el capitalismo de ficción (2003). En 2005 apareció Yo y tú, objetos de lujo (Debate) y en 2008 su novela No Ficción (Anagrama) y Passé Composé (Alfaguara). Su último libro es El capitalismo funeral, (Anagrama, 2009).

Ha obtenido varios premios nacionales de periodismo como el César González Ruano, José María Pemán y Julio Camba. En 2006, en Francia, obtuvo el Grand Prix du Livre por Le style du monde (Stock).

Ha trabajado intensamente en la pintura a la largo muchos años y de ahí sus numerosos escritos en torno al arte. En los últimos tres años ha logrado una obra singular y especialmente interesante de la que es una muestra esta primera exposición en la sede Arambarri (C/. Arrieta 11. Madrid)



LIENZO EN BLANCO

Vicente Verdú



El escritor siente pánico ante la página en blanco, se dice de continuo.

Contrariamente, el pintor se experimenta invitado o recibido por el lienzo blanco que, desde el principio, le impulsa a pintar. La diferencia es capital puesto que mientras la escritura es un código complejo, la pintura es, en principio, un quehacer elemental. Con código posterior y de segundo grado, si se quiere, pero con la llaneza en primer lugar.

El escritor se impresiona ante el vacío de la página blanca mientras el blanco en pintura constituye de por sí una obra completa. La página vacía es una nada pero el cuadro, aún sin manipular, es anticipadamente parte del cuadro o el cuadro repleto. No será de ningún modo posible reducir la pintura a la nada porque incluso la invisibilidad o la transparencia plásticamente le pertenecen. Lo no escrito, el signo no grabado remite a una incertidumbre agotadora pero el blanco en la pintura regala ya un color y con él se inicia el diálogo.

Cualquier pintor tiene mucho adelantado con el lienzo impoluto: su cromatismo perfecto, su textura, sus haces de luz, sus proporciones, su inclinación, forman la obra. Considerado de este modo, la pintura se halla siempre prepintada. Tan condicionada por sí misma y su materia como dependiente del gesto del artista.

Se advierte pues que la pintura vive y habita entre nosotros mientras la escritura, a su lado, viene a ser un ingenio introducido en la comunicación. La pintura parte del alma y llega a ella sin mediación puesto que compone su paisaje primitivo. La escritura, sin embargo, no pertenece a la patria inaugural y debe pasar por la mente y su dispositivo de aprendizaje.

La imagen pintada es la emoción dispuesta para ser degustada; la escritura, en general, exige, en cambio, un ejercicio de traducción que se desbarata si la atención de la lectura se debilita. Hay, sin embargo, en la pintura y en la escritura poética una cualidad similar en su composición y se detecta en el momento en que la obra en marcha adquiere autonomía y desde su personalidad entabla una conversación de frente con el artista.

El escritor interacciona de tú a tú con el léxico en la poesía como el pintor se bate de tú a tú con el primer color, el segundo, la dosis y la morfología del tercero. El poema dice de sí mismo igual que la pintura que empieza a crecer. La pintura se dice y resuena dentro de un universo cuya música se halla también acantonada en la esfera del autor. En definitiva, la estética del autor no es real sin la estética del cuadro y viceversa. Su unidad decide el resultado. Ningún cuadro es bueno si se cierra en sí pero a la vez ningún cuadro vale sin expresar autonomía, realización que no denota al autor, ni sus manipulaciones ni su inspiración.

El cuadro posee, en suma, un cerebro propio que unas veces se revela y otras no pero siempre su revelación triunfante procede del tanteo entre el cuerpo del pintor y el cuerpo de la pintura. El cortejo entre ambos culmina en una imagen que ninguno de los dos pudo imaginar ni al principio ni en su desarrollo. Todo cuadro está terminado cuando da por terminada la conversación y desde su posición nos contempla con la arrogancia de su independencia. Obra que surge como un suceso. Como un accidente que sucede en un momento impredecible, a través de unas formas y un surtido de color que lo presenta como un cuerpo liberado. Emancipado del artista y emancipado del proceso. Cuerpo absoluto, solo y abarrotado por el acontecimiento del color.